NÓMADA



Los que no sabemos amar,
                               escribimos.
LILA BISCIA




Queda brindar por los vivos
y este tumulto de peces que una vez estuvo
en alguna parte de nosotros.  

Digamos que ya no hay nadie.

Digamos que ya nada importa.

Pero acudo al trabajo.
Pero saco la basura.
Pero miro las farolas o las nubes.

Y sigo respirando, con paciencia,
como si me fuera
la vida en ello.

CORAL ROTO, POEMA DE VICENT ANDRES ESTELLES (fragmento)



(…) Eres, tal vez, quien más quiero.
Lo he escrito y me he detenido. Quiero, en ti, la alegría
doméstica de vivir, el principio de un orden
que yo sé y no quiero decir; y ya no lo es tampoco.
Ah, todo es ya imposible, imposible del todo.
Lo sé y no puedo llorar, ni casi arrepentirme.
Miro sencillamente, miro y callo. Y recuerdo.
Quiero en ti lo que signifiques, clara,
con una vida esbelta, como una fuente de pie
donde el aire se puede lavar como me lavo yo el alma.
¡Tenme lástima, tenme una pobre, una triste,
una amorosa lástima! He llegado a lo más alto
de la vida; querría que tu recuerdo fuese
la paz, ahora ya sí. ¡Dios mío, que su recuerdo
ahora me de la paz, me signifique paz
y me deje tiernamente en este lugar donde estoy!
¡Ángeles que me quieren tanto que he llegado a sentirlos
agarrándome de pronto la muñeca cuando iba
a escribir cosas que no debía escribir!
¡No me dejéis! ¡No me dejéis! ¡Tú, Dios mío, y Tú,
Tú que me quieres fuerte y vencedor y claro,
no quiero que me mires ahora, que estoy, tal vez, caído:
me he de levantar, lo sé, y he de ser como querías
que fuese, como quieres, todavía! , día a día, que siga.
He de ser como Tú me quieres. He de ser como Tú quieres.
Me he detenido un momento. Me sudaba la mano.
La mano se pegaba, escribiendo, al papel.
No escribe ahora el vecino. Ahora se oye el sonido
del agua en el fregadero. No lo he dicho: estoy solo;
estoy solo en mi casa. Miro un momento los muebles;
he pasado una mano suavemente por la mesa;
he recordado que tengo, dentro de un cajón, en un sobre,
un puñado de papeles, las facturas de los muebles.
Las sillas, la mesa, la cama, el aparador,
una mesa pequeña para la cocina… Íbamos
poco a poco comprándolo, vacilando, calculando,
renunciando… ¿Recuerdas? Comenzaremos entonces
a ir renunciando, ahora esto, mañana aquello…
Debía de estar triste mientras lo voy recordando,
pero no lo estoy. Puntualmente, recuerdo,
lo considero, lo pienso. Fue, solamente, el principio.
¡Hemos renunciado, después, tantas veces,
a tantas, tantas cosas que eran nuestras, bien nuestras!
Era una lechería de Sant Vicent de fuera.
La lechera jugaba al parchís con el hijo;
nosotros nos besábamos brevemente en un rincón.
Dibujabas niños en un trozo de papel.
Yo quería un amor como el de Beatriz,
bajando al infierno para ver a Dante,
y pensaba columnas florentinas, delgadísimas,
terriblemente esbeltas, como las de Fra Angélico.
Me resistía a ver lo feo de las paredes,
el solar y las latas y los amantes y los gatos muertos.
A veces las cosas no pasan porque sí.
Hay cláusulas ocultas que van determinando,
que van haciendo y deshaciendo lo nuestro, y en cambio
no cuentan con nosotros, no nos exponen el asunto:
nos ignoran del todo. Es terrible, si se piensa.
No sé qué he querido decir. Me he tenido que ir
a la cocina a beber, y me he olvidado de todo.
Pero tal vez sea válido lo que he escrito como lo he escrito.
No, no: “se ha equivocado. Es el mil ochocientos cincuenta. Eso. De nada.”
A ti, que te ríes, te digo, y te pido que te rías,
que no dejes de reírte, si no quieres que yo me muera.
Recuerdo cómo te reías, y porque te reías te quería
y te recuerdo y no dejo ya de pensar en ti.
 ¡A ti que te ríes, a ti que querría tener
para siempre a mi lado, riéndote, porque ríes,
y ríes con toda el alma y ríes con el cuerpo,
y ríes, amor!, con toda tu juventud
y con la salud dorada de la naranja abierta
con los dedos, con las uñas, bárbaramente alegre!
¡Podría decir cómo eres desde la cabeza hasta los pies,
pero no quiero saber nada más que eso: que ríes,
y evocarte riéndote, y quererte riéndote,
y desearte que te rías solamente, solamente, solamente!
¡Tú no sabe, tú no sabes… Los largos pasadizos,
estrechos y sinuosos, las vueltas que se dan
a veces sobre la cama… Tú no sabes, tú no sabes!
Mira el cielo violeta, la muralla, las torres,
los almendros, las lomas rosadas, en carne viva
–el homenaje rendido, mentalmente y fugaz,
a Muñoz Degrain, sin convicción,
por cierto cuadro que hay, según se entra a la izquierda…-,
pero, antes, el gran fuego, la soledad y el fuego,
viendo por la ventana, y entre la arboleda, el río,
la ilustre extensión de los edificios, el orden,
y más allá las viñas, algún pueblo, algún humo
suave y amorosísimo, y ahora esto, y este frío,
un frío inverosímil, y en medio de todo, no sé,
una ternura oculta, una cierta tristeza,
como si ya no pudiera volver otra vez,
como si esta vez fuese la última ya,
como si ya debiera decir adiós y fuese tarde,
como si tuviese vergüenza, también, de decir adiós,
o de parecer retórico. Y el adiós, como un hueso,
un hueso pequeño, creciera brutalmente en la garganta.
Ya sabes que ha llegado la hora de ir diciendo adiós,
de ir ya recortando, perfilando, concretando
la esperanza. Un asunto bien triste y necesario.
Hay que despedirse, con afecto, con tristeza,
de aquello, de aquellas cosas que se han querido más,
ilusión que ya no se puede realizar,
porque es tarde, es ya tarde, absolutamente tarde…
Ir, ya, reduciendo, limitando los afanes,
la ilusión en una única cosa…
Adiós, adiós, adiós. No es que mueran las cosas;
tampoco es que se desvanezcan. Es un, es un. Es un…

TABULA RASA


                                                                                          
Quedarnos quietos
no va a salvarnos
de nosotros.

VERÓNICA GIL


Quítame la boca o el incendio,
la punta dolorosa de los vértices,
la yema de los dedos. Quítame
tres cuartas partes de mi agua,
la marca de café sobre la mesa.
Los años pasados y los alimentos,
las sábanas, la radio, las cortinas.
La cesta de la fruta, los cuadernos. Quítame
los pies de equilibrista, las raíces.
Las uñas y la fe,
la sal,
las bridas.
Quítame las ambiciones.

Quítame este afán
de querer estar siempre
siempre
siempre
en otra parte.
                                   

CERO




Podrías llamarte Teresa o Ana y ser capaz de imitar el zumbido de las abejas mientras resistes la perpendicularidad del sol de agosto. Construir un mundo uniforme con palillos y billetes de avión, dedicando hora tras hora a esperar la oscuridad mientras los bolsillos quizá brillen trayendo propuestas y alfabetos.

Si te llamo Begoña o Mariluz los días se suceden ordenadamente y yo quiero darte un poco de mi miedo, compartirlo como el alimento último. Quiero sucumbir bajo tus zapatos en un intento desesperado.

Podrías llamarte Isabel, Luisa, Marta y hablarme, tras la siega constante, con tu media sonrisa. Recordarme que ha llovido todo el día, que de todo lo que ocurre sólo importa lo que importa, que te gustan las manzanas rojas y limpias, que cuando digo viernes te hago pensar en una luna muy fina, y que ya es ahora.

Si te llamo Ángela serás para siempre una pajarita de papel charol.


LA FELICIDAD DE LAS MÁQUINAS




   Todo es mentira. Soy mentira yo mismo, que me yergo a caballo en un naipe de broma (…)
                                                                                                                V. ALEIXANDRE


Declararse límite y esperar que el aire no sea duro.

Preguntarse
cuánto de luz hay en nuestra imagen si me asomo al azul y sus picos, si la delicia es la tierra seca y su nombre escrito.

Hay gestos que acercan a mi boca la crin de los caballos, que son peces o el recuerdo indefinido de una estela blanca. Que a veces significan la belleza del pan, de las señales de tráfico, lo adecuado de enseñar a los niños el proceso que resuelve una raíz cuadrada. Pero.

Sé que hablo sólo para mí
por eso digo
que vamos a quedarnos solos,
dueños, sin embargo, de la perfección quieta de los mapas.


AUTODESTRUCCIÓN BREVE (II)




Insistir en la forma
y en el fondo
a la espera de que alguien
algún día
en algún momento
me pregunte si esto
era todo.